.

.
©

POEMA DEL SOL Y LA LUNA


Se ve que a Dios no le llegó mi ruego...
El mismo cielo, amor, el mismo mar,
¿y yo? atada y sin poder tocar
la inmensidad de tus brazos de fuego.

Y vos estás, y yo voy, pero llego
cuando te vas, y quedo en el arcén,
antes que pueda entrar en el Edén,
porque el Destino es hoy quién gana el juego.

Me deja ver la Tierra Prometida,
me va infiltrando de a poco en la piel
un río tibio de leche y de miel,
pero me tiene a tu boca, prohibida.

Yo sé que es largo el camino a surcar
pero no tengo miedo a la distancia,
el cielo sabe bien de mi constancia
de opaca luna que vuelve a intentar.

Y aunque reincido y no alcanzo a acercarme
lo suficiente, cumplo un movimiento
que me condena a este dulce tormento
de ver tu fuego y no poder quemarme.

Tan sólo quiero en esta hora extraña
decirte en versos que no habrá sanción
capaz de hacer que mengüe mi tesón,
porque nací con el don de la araña,

que va tejiendo solita su tela
y gana al aire metros lentamente,
hebra con hebra hasta forjar un puente.
(No sólo cruza el espacio el que vuela…;)

Y que si brillo en esta oscura paz
de soledad y extrema infinitud,
se debe sólo a la inmensa virtud
de tu bendita luz dando en mi faz.

Se ve que estaba distraído Dios…
pero no importa, el mapa del futuro
tiene una marca de sello seguro
que me conduce directo hacia vos.



Dicen que hay cierta especie de mujer
que ante la rémora, duplica el brío,
y en ese tosco rumor, amor mío,
algo de cierto (pienso) debe haber…