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ESA VIEJA COSTUMBRE DE ADORARTE


Son los viejos amores
Que están adentro
Siempre latiendo
Aunque no los nombres.

L.GIECO



I
De la vieja costumbre de adorarte,
guardo un mapa (del sur) que se embarró,
una flecha (a tu nombre) que falló
y un caballo (cansado) de marcarte.

Un disfraz del Quijote (sin la espada).
Un motor a inyección (que no da más).
Unos celos que (al fin) duermen en paz.
Y un papel con (tu) letra borroneada.

Un oficio (gratuito) de firmarte
cada verso y la estoica cuadratura
de este gris monitor (que sin premura)
ya ha agotado su afán de provocarte.

Toda lava interior pierde energías
cuando entiende que se ha cortado el tiento,
y en su avance, se arraiga al desaliento
a medida que el tiempo suma días.

Como un fuego integral, se muere lento,
bajo un mar de razones y valías.
(Yo recuerdo que siempre me decías
que me abstenga de hacerte un juramento…)



II
Y en la vieja costumbre de adorarte,
también guardo tres cajas de ternura,
un estuche de sol con la tortura
de tu ausencia, y el vicio de soñarte.

Como el loro en su jaula, que por viejo,
va perdiendo las plumas, no las mañas,
esa antigua costumbre es tan extraña
que te vive acechando en el espejo.

Los amores que ¡a más hondo se animan…!
son aquellos que apenas si rozaste,
son aquellos que nunca te olvidaste,
son aquellos que ya no te lastiman.

Es nostalgia, que aún sin amargarte,
no es tan fácil sacártela de encima,
no te choca de frente, no te intima,
pero tiene el tupé de emocionarte,



¡igualita, che… !

a esa vieja costumbre de adorarte.