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LA ESTATUA DE CERA








Se fue desalando el día
con un silencioso alarde,
se fue muriendo la tarde
con una gris agonía.

Improvisé una guarida
con palabras y café,
y no guardaba más fe
que la que estaba perdida.

No se gestaba un pecado
ni una empresa que me asombre,
y no añoraba otro nombre
que aquel que estaba vedado.

Me senté enfrente de un frío
mundo de azul cuadratura,
con cierto afán de ternura
por ese cosmos vacío,

las yemas sobre el teclado
contaban sílabas huecas,
como las rubias muñecas
que me espiaban de costado,

y las estrofas rimadas
se amarillaban de viejas,
igual que todas las rejas
que me herían como espadas.

Y me quedé prisionera
de una cárcel invisible,
sin lamento perceptible,
como una estatua de cera

que disfrazando la herida
y sonriendo, aunque le pese,
espera que el sol regrese
que le devuelva a la vida,

y le compense los daños
con gesto divino y tierno,
que Dios no ha creado invierno
capaz de durar cien años… 





que espera que el sol regrese
y la devuelva a la vida...