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POR LA VIDA QUE ME DISTE...
























I

La vida nos va llevar
por delante sin piedades,
y nunca vas a saber
cómo fundiste mi sangre.

La que al nacer, me fue dada
como de rojos cristales,
sin entusiasmo y tan fríos
como los ríos polares.


II

La vida nos va a rodear
en el final del combate,
y va a exigir que rindamos
nuestro batido estandarte,

sin que vos hayas sabido
cuánto te extraño en las tardes
en que tu nombre sagrado
y tu recuerdo me invaden.


III

El tiempo nos va a ganar
(no nació el que a él le gane)
con su lenta tiranía
y su autocrático avance,

y nunca vas a saber
cuántas noches implacables
mis dedos atolondrados
te buscaron en el aire.


IV

La vida nos va a informar
en dos enfrentadas calles,
que ahí terminó el camino,
que ya no abrirá otras calles,

sin que vos hayas chequeado
la alquimia de los mensajes
que- como pude y a tientas-
yo me empeñé en enviarte.


V

El tiempo nos va a dar vuelta
la última página clave,
en este libro de cuentos
que yo me obstiné en contarte,

y nunca vas a entender
del todo, que en mi paisaje
estéril, fuiste la vida
que nadie más pudo darme:


VI

La luz que aplastó la sombra,
el sol para mis trigales,
el agua de lluvia dulce
en mis secos arenales,

el aire puro sanando
mi erial, con arresto suave,
que antes de vos, era ciénaga,
y después de vos, fue valle,

un paraíso secreto
pero de gracia invaluable,
(aquéllo que no se ve
suele ser lo que más vale...)


VII

Insisto, fuiste la vida
que nadie más pudo darme…
El fuego interno ganando
al invierno su abordaje.

La juventud regresando
por un tris inmensurable,
burlándose de mis años
en una ilusión sin parches.


VIII

La vida que vos me diste,
nunca nadie pudo darme
y no me alcanzan los versos,
las manos, los ademanes,

las palabras, cien mil libros
y tampoco las imágenes,
para inventar una forma
de agradecer, sin pifiarle;

de agradecerte, alma mía,
por existir, por dejarme
mojar los pies en tus aguas
jordánicas y adorables.


IX

Y aunque el tiempo, que es Damocles,
con su espada nos aplaste,
nos dicte clara sentencia
y un día, por fin nos gane,

y hasta esa hora, vos nunca
creas en estas verdades,
que hoy escribo en esta arena
con una tinta imborrable,


X

sirva este pobre alegato
con estrofa de romances,
para decirte bien fuerte,
(de aquí hasta que… ¡Dios me calle!)


que a riesgos ilimitados
y a pesar de los pesares,


fue de tu mano el madero
que bastó para salvarme ...