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©

LIBERTÉ














El ave en cautiverio desconoce
que el mar se vuelve rojo por la tarde,
que al viento no hay San Juan que lo acobarde
y nunca habrá una lluvia que la roce.


Le fue vedado el miedo y su misterio,
el mal del cazador no la amenaza,
el mundo es jaula, rejas, techo, casa…
y grises son los muros de su imperio.


Le da seguridad tanta quietud,
el agua y la comida no le faltan,
alarmas y arrebatos no la asaltan
y lleva la certeza por virtud.


En sueños solamente toca el cielo
con un divino, azul y eterno vuelo.