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VA EL HOMBRE INOCENTEMENTE...








I



Va el hombre inocentemente
por la vida lastimera
y en una esquina sin nombre
con el Destino se encuentra.


Lo esquiva, en fin, como sabe,
hasta que un día lo enfrenta,
le pone el pecho a las balas,
y cuando puede, lo deja.


Pero el Destino se ensaña,
y se parece a un poema,
y lo persigue en los sueños,
y en la vigilia lo acecha.


Y aunque no es hiel ni es espada
le va tajando las venas,
le va abarcando el latido,
le va aflojando las piernas.


Pero el que macho nació
se la aguanta y no se entrega,
apura el paso y al Tiempo
le va ganando veredas.


Y aunque regala algún beso
alguna vez en las siestas,
nunca inclina los blasones
y no rinde las banderas.


Empero, ante Dios testigo,
(el único en la reyerta)
siente que nada es igual
después de andar esa guerra.








(Porque no existe artilugio
ni se inventó una manera
de salir por la tangente
cuando el Tsunami te pega.


Te hubieras corrido a tiempo
y ahorrado tamaña gresca,
en lugar de haber quedado
plantificado en la arena,


los ojos desencajados,
vidriosos, la boca abierta,
y quieto como una estatua
imitando a una palmera.


Si el mar se te vino encima
y no atinaste a respuesta,
que te allanaste a la ola
hacemos como de cuenta...)










II

Volviendo a la otra cuestión
(porque me he ido de tema)
hoy vengo a dejar constancia
(si no… ¡me corten la lengua!)


Que sos la tinta imborrable
y la vida en cada tecla
y el motor en el papel
y la energía en las letras.


Tomalo como un capricho,
como obsesión, o promesa,
como el más fiel juramento,
tomalo en fin… como puedas.


Y si no caben mis versos
en tus humanas esferas,
habrás de hacerles lugar
-lo quieras o no lo quieras-


Yo habré de marcarte el alma
al menos con un poema
de todos los que te he escrito
en estas últimas décadas.


Lo aceptes o no lo aceptes.
Lo escondas bajo la mesa.
Lo niegues en otras camas.
L-o  q-u-i-e-r-a-s- o – n-o  l-o  q-u-i-e-r-a-s-


Y si acaso me equivoco…
y si acaso así no fuera,
preferiría, alma mía,
ignorarlo en forma extrema,


y al enfrentarme a mi hora,
fatídica y postrimera,
morirme como Cabral,
clavada pero contenta.


Dichoso aquél que no sabe
verdad amarga y rastrera,
y avanza por el camino
con ilusiones eternas, 


pluma en mano, vista al cielo,
mirando la luna nueva, 
 andando la vida breve
con su sayo de poeta...