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©

LIBERTÉ







Tu vacío oscuro se inundó de pétalos,
se volvió jardines, perfumes, colores.
Se tiñó de un claro de luna de octubre,
y de amaneceres blancos. Y de soles.

Se deshizo el hueco de tiempo contado
en el que podías brindarle favores; 
y robó el otoño,  tristón, la esperanza
de dar cuerda al gris de tus grises relojes.

La Ocasión, que es calva, saludó y se fue.
La Ilusión, que es tonta, no tiene ilusiones
ya para el reparto; y hay una princesa
viendo a sus lacayos vueltos a ratones.

Se sacó el vestido, revoleó el zapato
contra el centro mismo de tus murallones.
El cristal se ha vuelto veinte mil pedazos
y al darte la espalda,  sonaron las doce.

No se fue desnuda. Se ven a lo lejos,
de azules gastados, unos pantalones,
y sus zapatillas con alas,  que el mismo
Mercurio querría tener en sus dones.

Ella te ha dejado. No te diste cuenta,
y ni sabe Dios si el asunto te importe.
 -
Ni el observador más experto podría
detectar en medio de la inmensa noche:
 -
una estrella menos, un amor que lento
se apagó sin ¨peros¨ y sin estertores,
como el fuego azul de una antorcha rendida,
cansada de dar y dar sus resplandores.  

Se sacó el vestido, revoleó el zapato
contra el centro mismo de tus murallones.
El cristal se ha vuelto veinte mil pedazos,
y al darte la espalda, 
















sonaron las doce...